En lo mas profundo de la selva mejor conservada del continente, el aire se respira pegajoso y húmedo, raro...Mis Nike se hunden en el lodo oscuro de un colchón de hojas podridas mientras me adentro en el ecosistema salvaje como pidiéndole un permiso que no quiere darme.
Adelante va el equipo de dirección, seguido por la jauria de productores alterados y la gente de arte.
Atrás vienen los cargadores del equipo y las cámaras, después los chavos del catering con sus hieleras gigantes.
En total somos 160 personas y estamos ahí para filmar un documental sobre el estado de Chiapas.
Patrocina la ONU pero es el gobierno local quien lava millones en nombre de tan fantastica maravilla natural y un puñado de indígenas incivilizados.
Voy por el dia numero 15 y todavía resta una semana de expedición kamikaze a 40 grados y 100.000 mosquitos...
me cuesta reconocerme a las cinco de la mañana desayunando huevos y chilaquiles junto a tan heterogeneo equipo, los dias y lugares son distintos pero siento el peso de una rutina aplastante que, en un principio, consiste en subir a una camioneta que nunca sé donde va a llevarme pero debo fijarme bien que sea la correspondiente al departamento de vestuario y maquillaje. Ya me equivoque una vez, me fui con la de locaciones y termine con dolor de panza debido al par de quesadillas y las cuatro micheladas que nos echamos al costado de la carretera, perdidos.
Pasò una eternidad desde aquel mediodia que llegue al aeropuerto en leggings y botas altas, toda yo era expectativa y entusiasmo por el desafio.
saludaba chocando los cinco a una crew de filmacion compuesta practicamente por hombres con tal sonrisa y buena onda de mi parte que hoy, siento que ese momento lo soñé.
Ya no me banco a casi nadie y me replanteo seriamente hasta que punto la intrepidez pelirroja con flequillo no es un boomerang que me deja literalmente jodida en el medio de la nada.
Nunca se me ocurrió repensar la decisión de aceptar un trabajo como maquillista de cine en condiciones extremas, me hacia fantasía incluso.
Pero la experiencia, si bien singular e interesante, esta resultando en un inédito mal-trip y hasta me genera algo de culpa el estar comprometida a soportar mosquitos y mens que gritan durante 20 dias, como si mi confort existencial pudise sentirse desvalorizado.
En San Cristóbal de las Casas, al principio, estuvo divertido y hasta hice mi compra turistonta: un Sub-comandante Marcos hecho con trapitos para el chico del piano.
De cualquier forma, tambien hacia un frio de la chingada y abajo de mis pecas todavia queda algo de compasión para el centenar de extras autóctonos que se congelaban de madrugada en la plaza de la catedral, portando trajes típicos de tela de manta con la dignidad alquilada al precio de medio papel de cois.
la selva y yo como un romance que no fue.
definitivamente por mis venas corre sangre de sirena y me sentí, al menos, desadaptada.
el mas verde ambiente natural es incompatible con la costra asfaltica que me recubre completa.
1 comentario:
good luck !
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